Subida a San Miguel de Aralar

Bajo el grito “Quién como Dios, nadie como Dios”, la CTC sube a la cumbre de Aralar para consagrar las juntas carlistas de Navarra y Guipúzcoa al Arcángel San Miguel. Los borgoñones Navarricos no hemos querido ser menos, y nos hemos unido a nuestros mayores para ofrecerle nuestro corazón y nuestra vida al Señor, y para pedirle al arcángel amparo en la batalla espiritual que sufrimos hoy.

 

Unos pocos subimos andando desde Mádoz hasta el santuario, disfrutando del paisaje del Valle de Huarte-Arakil. La caminata dio para mucho: entonamos viejas canciones carlistas, rezamos el Santo Rosario, reímos, almorzamos a medio camino, vencimos nuestro miedo a las vacas… Y al fin, después de dos horas y media de escarpados senderos a través del bosque y largos descampados llenos de ganado, llegamos a nuestro objetivo.

 

Al coronar el monte, el resto de pelayos y margaritas ya nos estaban esperando con ganas. Celebramos la Santa Misa donde recordamos a los carlistas navarros caídos ese mismo año, entre ellos Rosario Jaurrieta y José María Guindano. Y tuvimos la tradicional comida de hermandad en el refugio. Este año fue muy especial, ya que el número de jovencísimos pelayos y margaritas igualaba al de los no tan jóvenes. En total, veinte mayores y diecisiete niños llenábamos el lugar. Apenas terminó la comida, los niños corrieron a jugar con sus boinas “colorás”, mientras los mayores contábamos chascarrillos de recuerdos lejanos de nuestros abuelos, padres, tíos… Poco tiempo tardó en desenfundar acordeón y guitarra el gran Javier Vives, para darle melodía a todas esas anécdotas que encarnaban nuestros familiares, a quienes deseamos imitar.

 

Para terminar, acudimos humildes a consagrar nuestras pequeñas personas al Arcángel San Miguel, protector de Navarra, para que nos diera la fe, la caridad y valentía necesarias para defender a nuestro Señor Jesucristo cuando fuere, hasta entregar la vida si es necesario. Tras rezar de nuevo el rosario ante el Santísimo y el Arcángel, llegó el momento de la despedida, que como siempre, fue una despedida alegre y  jovial.

 

 

Unos pocos borgoñones de nuevo bajamos a pié, comentando la maravilla que tenemos entre manos, y rezando de nuevo el rosario. La conclusión siempre es la misma: el año que viene renovaremos nuestro compromiso ante el Arcángel, nuestra vocación de servicio a Dios y a los demás. ¡Viva el arcángel San Miguel! ¡Viva Cristo Rey!